A menos de un mes de que la arcilla de Roland Garros comience a vibrar, una sombra de incertidumbre cubre el barrio de Boulogne. El término “boicot”, que parecía erradicado del vocabulario de la élite del tenis, ha vuelto a resonar con fuerza. Figuras de la talla de Jannik Sinner, Aryna Sabalenka y Novak Djokovic han manifestado su apoyo a una medida de presión extrema: no presentarse en el segundo Grand Slam del año.
La raíz del conflicto: El reparto del pastel
El malestar de los jugadores no es nuevo, pero ha alcanzado un punto crítico en mayo de 2026. El reclamo central gira en torno a la distribución de ingresos. Actualmente, los tenistas perciben entre un 13% y un 15% de las ganancias totales que generan los Majors. Los jugadores, encabezados por los Top 20 de ambos circuitos, exigen una redistribución más justa, mejores derechos y un aumento significativo en los premios, recordando que en intentos previos (como en 2004) se llegó a pedir hasta el 30%.
Lecciones de la historia: El precedente de 1973
Para entender la magnitud de la amenaza, hay que mirar hacia atrás, exactamente hace 53 años. En 1973, Wimbledon vivió el último gran sabotaje del tenis profesional. En aquella ocasión, el sindicato de la ATP se plantó contra la sanción impuesta al yugoslavo Nikola Pilic, a quien se le prohibió jugar por negarse a disputar una serie de Copa Davis.
El resultado fue drástico: 81 tenistas del cuadro masculino se retiraron del torneo inglés, incluyendo al campeón defensor Stan Smith. El cuadro se llenó de jugadores de la fase previa (Qualy) y perdedores afortunados (Lucky Losers), permitiendo que el checoslovaco Jan Kodes se coronara campeón en un torneo desvirtuado por las ausencias.

¿Hacia un Roland Garros sin estrellas?
A diferencia de lo ocurrido en 2004, donde se evitó el boicot tras un arreglo económico de último minuto, la postura actual parece más firme. Los directivos de los cuatro Grand Slams ya tienen en sus manos una carta firmada por los mejores del ranking.
Si las negociaciones no prosperan en las próximas semanas, París podría ser testigo de un torneo histórico por las razones equivocadas, dejando la Copa de los Mosqueteros a merced de un cuadro secundario mientras las grandes raquetas del mundo observan desde fuera, exigiendo el valor que consideran justo por su espectáculo.
